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sábado, 4 de julio de 2009

Acerca del próximo domingo

No voy a hablarles de la Copa de Oro ni de la Decepción Mexicana (quien seguramente va a tener complicados rivales de grupo comenzando por Nicaragua). Esta vez les tengo un artículo muy bueno que encontré en el blog de la señorita Violeta y que expone otras razones del por qué hay que ir a votar el próximo domingo 5 de julio. Lea el post aquí.

A final de cuentas, cada quien tendrá, o no, su decisión tomada. Lo importante es pensar que lo que decidamos sea lo mejor para todos y cada uno de nosotros.



P.D. Vale la pena quedarse y darse un paseo por el bló de Violeta.

martes, 16 de junio de 2009

Votar/anular o no votar/anular

¿Usted ya sabe por quién votar este 5 de julio? No me lo diga, el voto es secreto. Mejor aún, ¿ya sabe si va o no a votar? El plus-ultra si es que decide votar: ¿sabe usted qué va a hacer cuando esté en el cubículo para claustrofóbicos de su casilla electoral y tenga la boleta en la mano? ¿No? No se preocupe, yo tampoco, pero sí sé que iré a votar y no anularé mi voto.

En este punto del post todos se estarán preguntando si se me pasó el medicamento, ése para que no escuche voces, o que seguramente estoy sobrio por lo cual estoy diciendo puras pendejadas. No. Aunque en un principio, al igual que muchos, pensaba anular mi voto, no lo haré por la simple y sencilla razón de que, sí, odio a la clase política pero el único beneficiado con la anulación de mi voto sería... la clase política (Shakespeare échate este dilema).

Mucho se ha especulado acerca de las teorías de conspiración detrás de la campaña de anulación del voto (¿qué? ¿no tuvimos suficiente con la influenza?), principalmente que es un movimiento que promueve la derecha, al grado que hasta el señor Sánchez Susarrey ha declarado -seguramente para descalificar el compló- que es un movimiento legítimo en defensa del pueblo para demostrar nuestro hartazgo hacia los políticos. Si dicha conspiración es cierta, los ganadores son, una vez más, la clase política en general, y olvídense si el PRIAN se ve beneficiado (aunque claramente serían los que se llevarían la mejor tajada del pastel); por otro lado, si la conspiración es producto de la imaginación de gente 'catastrofista', anular el voto tendría exactamente el mismo resultado. Suponiendo que se lograra el escenario soñado, el abstencionismo o anulación del voto generalizados, eso no nos exenta a que los partidos hagan lo mismo; obviamente ellos van a votar (cada quien para su propio santo), por lo que a más de uno no le agradaría el hecho de dejarles a ellos la decisión final y el futuro político del país ¿Creen que entre ellos se van a pelear realmente pensando en lo que es mejor para el pueblo?

Mirando hacia el próximo 5 de julio y pensando a futuro, habría que hacer una segunda lectura a la estrategia de la no-acción como protesta y medio efectivo para hacer valer el derecho del pueblo. Es comprensible y justificable el descontento existente hacia los partidos políticos, pero si estamos tan hartos de los tipos que están en el poder y que se sirven con la cuchara grande ¿no sería mejor que los quitáramos de ahí? ¿Cómo esperamos que realmente cambien las cosas si no hacemos nada al anular el voto o si nos abstenemos de hacerlo? Como decía la fábula de la tortuga trepada en el poste: "hay que ayudarla a bajar de ahí". Y en este caso ya no nos interesa saber cómo llegó hasta ahí, hay que bajarla, hay que bajar a la clase política corrupta, a los impunes, a toda la bola de ineptos que nos están sofocando. ¿Cómo hacerlo? Votando, y no votando por colores, votando por propuestas que sean benéficas para nosotros, y exigirles a nuestros representantes (porque eso se supone que deben ser los políticos) que las cumplan.

Yo sí voy a votar ¿Y usted?

lunes, 15 de junio de 2009

Excelente articulo de Marta Lamas

¿Votar? Yo, sí

MARTA LAMAS

Dos fantasmas recorren las elecciones: el abstencionismo y la anulación del voto. Un detonador de estas opciones es el desprecio por la ciudadanía que suele caracterizar a quienes ejercen el poder. El desinterés por votar expresa: “¿Para qué votar, si nada va a cambiar, si no conozco a los candidatos, si no toman en cuenta mis necesidades y deseos?”. La anulación como protesta por la conducta de los partidos pretende transmitirles la indignación y el hartazgo ciudadanos ante sus transas, su desinterés y, finalmente, su ineficacia.
Un destello de debate público empieza a circular en los medios. La semana pasada, en una entrevista en estas páginas, José Woldenberg explicó por qué abstenerse o anular el voto no es el mejor camino para cambiar muchas de las prácticas partidistas que la ciudadanía repudia (Proceso 1700, del 31 de mayo). En entrevista con Carmen Aristegui, Rosalbina Garavito explicó sus razones para anular el voto mientras Octavio Rodríguez Araujo discrepaba. En la prensa, varios editorialistas han manifestado sus posturas y escriben “por qué no voy a votar” o “por qué sí voy a votar”. Y en la web ya hay blogs que llaman a anular el voto, y otros a votar por determinado partido.
Algunas amistades me insisten en que votar no es obligatorio, y recuerdo que hace unos meses, Carlos Peña, el rector de la Universidad Diego Portal en Chile, reflexionó sobre si el voto debe de ser voluntario u obligatorio. Peña señaló que tal disyuntiva está ligada a lo que se entienda por democracia, y delineó dos visiones de democracia. En una de ellas, que llama agregativa, la democracia es un mecanismo para sumar las preferencias de los ciudadanos; por lo tanto, no hay razones poderosas para obligar a emitir un voto, que en resumidas cuentas significa formular una opinión. No votar sería, dentro de esta concepción, quedarse callado. En esta concepción, la democracia (como simple suma de preferencias) se iguala al mercado: Los candidatos y sus programas son bienes que se ofrecen, “mercancías” que se “venden”, y cada ciudadano decide si las compra o no. Pero la democracia no es un mercado, y el acto de votar no es un acto de consumo.
Peña insiste en que hay otra forma de concebir el voto: pensando la democracia no como un simple mecanismo para sumar lo que cada quien elige, sino como un mecanismo que fuerza a participar para definir qué rumbo seguir. Sí, como los ciudadanos somos distintos de los consumidores, el sentido de la democracia es construir un proyecto común mediante el diálogo y la participación de toda la ciudadanía. Utopía pura, pensarán muchos. Sin embargo, esa aspiración es una razón de peso para que los ciudadanos nos sintamos obligados a expresar nuestra postura mediante el voto. Peña argumenta que si se desea vivir en una comunidad que, pese a obvias deficiencias, intenta un autogobierno democrático, lo menos que puede hacer es contribuir a la formación de la voluntad común, mediante el diálogo y la participación. Y en esa lógica, el acto básico y más obvio de participación es el voto.
Al exhibir groseramente su escaso interés por satisfacer las necesidades políticas de la ciudadanía, los partidos irritan y decepcionan. Pero, ante esa situación, ¿de qué sirve no votar o anular el voto? No votar es callarse, y callarse es conceder y, en cierta forma, avalar. Pero, si en lugar de expresar nuestra preferencia ideológico-política se acude a las urnas a cancelarla como forma de castigo o de protesta, ¿se logra algo? La anulación del voto, ¿preocupará a los políticos, hará que recapaciten? No lo sé. Lo que temo es que incida en el rumbo ideológico-político de la realpolitik.
El acto de ir a la casilla y cruzar toda la boleta significa creer que todos los partidos son iguales, que lo que proponen todos es lo mismo. Y eso no es así. Aunque las prácticas de la mayoría de los políticos son aterradoras, todavía hay ciertos límites ideológicos y políticos, hay izquierda y hay derecha, hay conservadores y hay liberales, hay posturas distintas y compromisos diferentes. La reacción de “todos son iguales”, acompañada de una gran decepción y una inmensa rabia, impide ver las consecuencias, algunas probablemente peores, que implicarían ciertos triunfos.
He escuchado a amigas feministas anunciando que anularán su voto y a gente conservadora alentando a votar. ¡Vaya dilema! Si los izquierdistas anulan y los derechistas votan, ¿qué futuro nos espera? Sacarse el enojo y el desencanto que han producido los desastres del PRD con la abstención o la anulación del voto es como hacerse harakiri. No votar o anular el voto es regalar el triunfo a los ganadores, sean quienes sean. Por eso, si se reflexiona sobre las consecuencias de que triunfen los adversarios, tal vez se considere “votar en contra de” en lugar de “votar a favor de”.
Por mis prioridades políticas, hago memoria y recuerdo qué partido ha estado poniendo trabas a las cuestiones que me parecen fundamentales y cuál ha impulsado las que me resultan indispensables. Tengo muy presentes avances cruciales ubicados en el campo de los derechos humanos de las mujeres, y sé muy bien qué partidos están obstaculizándolos a nivel nacional. Por eso, pese a todo, yo sí voy a ir a votar.

Excelente artículo de Marta Lamas, todo los partidos son una porquería... pero hay de porquerías a porquerias, si no sale a votar la izquierda, lo más seguro es que la derecha imponga su visión de este país, cosa desde hace más 8 años sigue haciendo y está desmadrando el país, la izquierda está jodida, pero está es más cercana a lo que a mi entender necesita este país (claro está muy lejos aún de lo que se necesita). Yo por eso saldré a votar el 5 de julio... por el PT-Convergencia, es la opción menos mala.

miércoles, 15 de abril de 2009

100% de acuerdo con José Antonio Crespo

Escribe hoy en el excelsior José Antonio este artículo..
Horizonte político
José A. Crespo
El “no voto”: ¿esfuerzo inútil?

En el número de abril de la revista Nexos se hace una reflexión plural sobre si conviene votar o no en las actuales circunstancias. Una de esas reflexiones la hace José Woldenberg (Gesto inútil), a quien mucho aprecio y respeto. En lo que hace a la discusión sobre las razones de votar o no votar en estas elecciones o, más aún, como él mismo lo pone, si tiene sentido abstenerse, mi postura es que, a partir del comportamiento de todos los partidos en los últimos años, se puede concluir que no hay diferencia sustancial entre ellos. Y que los ciudadanos que así lo sientan (no sabemos cuántos son) pueden expresar ese rechazo y ejercer una presión sobre los partidos anulando el voto (aunque muchos, al parecer, no quieren ni siquiera concurrir a la urna). La postura de Woldenberg es que esa estrategia no tiene mayor sentido. Recuerda el ex presidente del IFE que en los últimos años pasamos “de un partido hegemónico a otro pluripartidista“, y de una política “monocolor a otra donde el pluralismo se reproduce en las instituciones de Estado”. Es cierto, pero algunos pensamos que los partidos se repartieron el poder que antes detentaba el PRI, sin compartirlo a su vez con sus respectivos representados, para lo cual no se les ven muchas ganas (ahí está todavía esperando, por ejemplo, la reelección consecutiva de legisladores y munícipes, como mecanismo esencial de la democracia representativa).

Afirma también Woldenberg que “la abstención tiene sentido cuando alguna fuerza política fundamental en un país es excluida de la contienda”, lo cual quedó superado ya. Cierto, pero ahora la exclusión se hace con los presuntos representados de los partidos o al menos muchos así lo sentimos. Por lo cual, la pregunta sería si el “no voto” de esos ciudadanos que no nos sentimos debidamente representados ni partícipes de las decisiones (así sea indirectamente), más allá del voto, puede contribuir estratégicamente a superar en medida importante dicha marginación. Woldenberg recuerda que el voto nos llevó a un mayor pluralismo político. Cierto, pero, paradójicamente, en las actuales circunstancias, el voto podría fortalecer el arreglo partidocrático y oligárquico que muchos percibimos y del cual nos quejamos. En cambio, el “no voto”, si es suficientemente amplio, podría llamar la atención partidocrática para que se dé el siguiente paso a la apertura y la inclusión política, en este caso, no de la oposición, sino justamente de los ciudadanos.

Finalmente, Woldenberg advierte que un fuerte abstencionismo, más que ser un instrumento adecuado para avanzar en la democratización (en la relación entre partidos y ciudadanos), puede provocar un retroceso, echar abajo lo que hemos logrado en muchos años: “¿Queremos desfondar lo poco o mucho que hemos construido hasta ahora?”. Ante esa advertencia, que es perfectamente atendible, haría yo dos apuntes: a) Es cierto que un abstencionismo total, por definición, provocaría un colapso de la democracia en vigor. Simplemente no podría instalarse la Cámara baja y se crearía una crisis política y constitucional. No es eso lo que se busca (aunque no podría asegurar que algunos no pretendan eso). El cálculo es que hay un buen número de ciudadanos que sí tienen una preferencia partidista o están dispuestos todavía a votar por el “mal menor” (las encuestas calculan entre 30 y 40 %), por lo cual, aun con una elevada abstención, no habría colapso. b) Me parece menos riesgoso institucionalmente, en lugar de abstenerse, presentarse a la urna y anular el voto, con el fin de reproducir en lo posible lo que en muchas democracias se conoce como “voto en blanco”, para lo cual existe ahí un recuadro específico en la boleta. Se estaría emitiendo un “voto de castigo” a todos los partidos, sin rechazar de plano a todas las instituciones. Es cierto que, de alcanzar la anulación y la abstención juntas, igualmente ciento por ciento, la temida crisis ocurriría (como lo pinta José Saramago en su Ensayo sobre la lucidez). Pero el cálculo es, como se dijo, que muchos ciudadanos votarán por algún partido, para evitar así el colapso. Si la abstención, junto con el voto nulo, son excepcionales, pero no totales, no habrá colapso, mas los partidos recibirán el mensaje del amplio malestar (en el lenguaje que sólo parecen entender) y, quizá, actúen en consecuencia (haciendo reformas que permitan compartir en medida suficiente su poder con los ciudadanos, reduciendo también sus insultantes privilegios, llamando a cuentas a sus infractores, etcétera). No se trata tampoco de prescindir de los partidos (“que se vayan todos”), sino de mejorar la representación. En todo caso, la probabilidad de que eso ocurra es mayor con un amplio “no voto” que con una abundante votación, que no generaría en sí misma ningún incentivo para la corrección o la reforma. Probablemente al contrario, sería un elemento de inercia, al considerarse como apoyo y aval a su camino y comportamiento actuales. Infortunadamente, los cambios (al menos en México) suelen darse, no antes, sino en medio o después de una crisis (y a veces ni así), que en este caso sería una de representación política.

Muestrario. Una encuesta telefónica publicada la semana pasada por Reforma (4/IV/09), reporta que, a propósito de la campaña negativa del PAN contra el PRI, 29% le cree al primero y 40% al segundo. De lo cual podría inferirse que dicha campaña no afectaría al PRI, lo cual se podrá aclarar en futuras encuestas. El sondeo sugiere también que sólo 12% considera interesantes las campañas, 46% no les presta atención y 37% ya se está hartando de ellas. Igualmente, 62% percibe más ataques que propuestas en la publicidad política. Y 56% considera que el proceso no está siendo democrático, frente a 32% que sí lo ve como tal.

Algunos pensamos que los partidos se repartieron el poder que antes detentaba el PRI, sin compartirlo a su vez con sus respectivos representados.


Y la verdad concuerdo con el.. hay que salir a votar pero para anular el voto.....

sábado, 21 de marzo de 2009

Elijo no elegir...

Es simple la clase política mexicana es un asco y no me representan...
  • El PRI sigue siendo el mismo asco de partido que ha sido desde que lo sacaron de los pinos, sigue estando lleno de ratas y cínicos.
  • Después de 8 años en el poder el PAN solo ha demostrado 2 cosas, también son ratas, y profundamente ignorantes para ejercer el poder (aunque no les da asco hacer fraudes para mantenerlos) y aunado con eso es un partido con las ideas más retrógradas que pueden existir.
  • El PRD no sabe ni siquiera ponerse de acuerdo, entre los fraudes que le hacen de fuera, y los que el mismo se hace, además cada perredista es enemigo de los otros perredistas.

Por lo tanto el 5 de julio del 2009 iré a votar pero anularé mi voto.